Espido Freire, pregón de la XXIII Feria del Libro de Jaca

Cultura
Jue, 18/08/2022

 La escritora Espido Freire ha sido la pregonera de la XXIII Feria del Libro de Jaca. En sus palabras, nos invita a vivir la literatura, la Feria y nuestra ciudad. 

 

Autoridades, libreros y libreras, escritores, lectores, amigos todos: salud.

Siempre que he venido a Jaca lo he hecho de la mano de un libro: o bien por la Feria que ahora celebramos, o porque un editor había confiado en mí y me había solicitado un cuento que luego homenajearía a las mujeres rurales, o porque tenía algo que contar a los lectores y los lectores deseaban que se lo contara. La última vez acudí de la mano de Fernando Marías, para subirnos a un escenario e interpretar nuestros propios textos. Fernando ya no está, pero le sobreviven el recuerdo, las risas y los aplausos de quienes aquella noche nos acompañaron.

Así, en esas visitas aprendí un poco de la fascinante visión que el Pirineo aragonés tenía del mundo. Supe por lo tanto de las espiritadas, y vi las fotos sepia que daban fe de otros tiempos y otras creencias. Supe de los tiones, o de las mujeres perro, de todas las figuras reales, pero que parecían fantásticas, que ha dado esta tierra dura y hermosa, estas montañas generosas y crueles.

Un pregón que trate sobre el libro, y más en una ciudad sobre Jaca, no resulta una tarea especialmente complicada. Al fin y al cabo, aún no se han terminado las palabras para referirse a la literatura, las mil teorías sobre las páginas escritas, y no creo que nunca se agoten las alabanzas a esta ciudad. Quien la visitó lo sabe. Y los tópicos, como las ortigas, como la hierba que se asienta con fuerza entre el trigo, gozan de buena y larga vida.

Podríamos decir, por tanto, que es un honor y un placer inaugurar la Feria a tiro de piedra de la Ciudadela, entre las volutas de los edificios modernistas y al abrigo de los neveros que aún perduran. Sería imprescindible citar a diversos maestros de la pintura y sobre todo a poetas que cantaron los atardeceres malvas y las mañanas rosadas sobre las cumbres, que hablaron del fulgor de la nieve antes de que haya amanecido y de los vientos que traían sonidos, noticias y desgracias.

Podría hablar durante unos cuantos pregones de la riqueza del arte popular, la música y el sentimiento, que hunde sus raíces en los pueblos tan antiguos que tuvieron aquí su hogar. Fue ese misterio de gente ya muerta el que me embrujó la primera vez que pisé Jaca. Nada de lo presente me interesaba: sus historias, el trazado de sus calles, la leve arquitectura que contrastaba contra la rotundez de las piedras, todo eso sí. Quienes escribimos no miramos casi nunca hacia delante: nuestra mirada se desvía al pasado, o a los márgenes de la realidad. Y aquí, como en otros lugares, hay demasiado que ver como para desaprovecharlo.

Fíjense en estas terrazas que nuevamente se llenarán esta noche, repletas de gente que se cuenta historias, que muestra enfado, impaciencia, o alegría, el reencuentro gozoso tras tanto tiempo de epidemia y de soledad. En las familias que con un ojo vigilan a los niños y con los otros descansan de estos meses duros, demasiado duros para aguantarlos sin descanso o sin desahogos. En quienes roban un ratito de otras obligaciones para leer un libro o para escucharlo en otro formato.

Miren, mientras toman algo, los diseños de las barandillas y los balcones de la ciudad. Mírenlos como yo los veo, como si me llevaran a descifrar un enigma que se encerrara en esos signos. Esta ciudad habla de los tiempos en los que la belleza era un bien supremo, un bien que había de ser compartido y en los que los insensibles a ella eran compadecidos.

Antes de que las historias salten a las páginas de los libros nos han asaltado por otros sentidos, la vista, el oído, el gusto. La memoria. Y también por otros medios y argucias. Ahora, o al menos esa es mi impresión, hay un alarde constante de ingenio por parte de escritores, de quienes cuentan las historias de manera oral o audiovisual. El ingenio tiene algo de malabarismo, de juego en directo y a veces resulta fácil confundirlo con el talento. Pero a diferencia de este, el ingenio se consume de manera rápida, como una llama en el aire, y deja poco espacio para el pensamiento. De todos los que narramos, incluidos los escritores, se espera que entretengamos a los que nos escuchan o nos leen. La literatura se ha reducido en más ocasiones de las que nos gustaría al artificio del juego de manos. No hay nada de malo en ello. Pero tampoco hay mucho de bueno.

La primera vez que pisé Jaca no sabía que veinte años más tarde regresaría para hablar de leer, de la pasión por los libros, de la fiebre devoradora que asalta a quienes creemos que en los libros se esconde otra verdad diferente a la que sentimos, quizás la única a la que los seres humanos tenemos acceso: la de la palabra escrita, la del pensamiento de los otros, los más sabios, transmitido en letras destiladas a los demás.

Hay quien dice que la literatura es propia de países fríos y hostiles, en los que la mente trabaja dentro porque fuera únicamente ulula el viento. Y en las ciudades del sur de Europa, las que hacen crecer flores de colores intensos y murallas viejas, no parece adecuado sentarse frente a la mesa con los dedos manchados de tinta para hilvanar ideas. Sin embargo, han sido estas ciudades, en las que anidan tradiciones y culturas ya extinguidas, ciudades cuna y tumba de pueblos y reyes, de arte religioso y de leyendas montañesas, como Jaca, las que han servido de ejemplo a las demás, las que han originado los rasgos más originales, las que dieron filósofos, teóricos, poetas y místicos. El pensamiento tiene poco que ver con la meteorología, y menos aún con la geografía.

Llegaría ahora el momento de quejarse de qué poco se lee, de la mente blindada que nos han legado tradicionalmente nuestros mayores, de cómo los españoles gozamos de fama de ser rápidos para el vino y la charla y lentos para sentarse con un libro sobre las piernas. Sin embargo, mientras algunos se dedicaban, muertos de hambre y de orgullo, a lamentar que el oro de las Américas, tan duramente conquistadas, marchaba para financiar guerras en Europa, había otros que inventaban, a rasgos poderosos, tipos que han determinado la imaginación mundial: los pícaros muertos de hambre, el desmedrado Quijote, lozanas desvergonzadas y príncipes que vivían en un sueño.

Un libro, mientras sea tal, llamará con cantos de sirena a quienes le escuchen. Para quien sabe entenderlos, son tentaciones que provocan con sus lomos desnudos y sus títulos incitantes al desprevenido lector. La Inquisición quemaba libros, como más tarde los prohibía la censura. Aún hoy hay autores que callan lo que desearían decir, escritores que caen apuñalados en público porque una condena a muerte los persigue durante décadas. Hace falta más que valor para escribir contra el poder o contra la establecido: hace falta una voz propia.

La mayoría de los autores no la buscan. Repiten las palabras de otros, reproducen historias ya contadas con pequeñas variantes. Muchos prefieren complacer antes que gritar, que se esconden bajo palabras suaves e historias complacientes: es lo que desean los lectores, dicen, no me culpen a mí. Soy una guitarra que suena según la tocan. Vivimos inmersos en esa contradicción constante: los libreros preferirían vender buenos libros, sin duda. Los lectores los comprarían si se les indicara el mérito de los bien escritos sobre los mediocres. Pero nadie inicia esa lucha, y al final, como ha sido siempre, conviven obras de arte con libros olvidables, se confía a la criba del tiempo y a la selección de los lectores esa tarea.

Todo lo que roza los libros parece semisagrado. Si bien el poder que se encuentra en ellos no basta para cambiar el mundo, los que los temían sabían bien que pulen las ideas y transforman las emociones, y que incitan a la actividad más noble y que más pereza provoca al ser humano: pensar.

Quien escucha música siente. Quien se conmueve con un cuadro, sueña. Pero ninguna de las artes apela con tanto acierto a la mente, a la acción reposada y peligrosa de meditar. No posee la capacidad de evocación de la música, no trae el pasado al presente como ella hace, pero cada vez que se relee un libro se descubre algo nuevo, una magia que no se encontraba en el libro anterior, sino en el lector. Un artificio extraño que sobrevive, de momento, a todo. A las modas y a las presiones, al exceso de ingenio y a la falta de talento, a crisis, hambrunas, guerras e imperios. Qué extraño, un arma tan poderosa, pero sin filo ni química, sin gritos. Pero que se extiende, conquista, invade países y cambia voluntades. Y no, un libro no es inofensivo: recuerden lo que tardan en sanar los cortes producidos por sus hojas, lo que tardamos en olvidar las frases producidas por su lectura.

Un libro ofrece gafas para descubrir el mundo: una Feria del Libro no es sino un telescopio para descubrir el universo, un microscopio en el que analizar el alma. Las voces, las vidas, las confusiones de quienes dejaron sus pensamientos por escrito anidan entre páginas, y a veces su peso puede sentirse, con ese olor especial de las librerías de nuevo y de viejo, de las bibliotecas, de las imprentas, de los libros que nos leyeron cuando éramos niños. Cada buen libro es un milagro. Cada Feria del Libro renueva la posibilidad del milagro entre el lector y la letra muerta.

De modo que gracias a todos por asistir, y por renovar el milagro.

 

Espido Freire

 

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